viernes, 29 de agosto de 2008

Mendieta: SIT

Como exponente del interior del país, radicada hace mucho en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a veces no puedo evitar pensar que: "los porteños están locos".
En el interior por lo general: el perro es un perro. Se lo quiere, se lo mima, se lo alimenta, se le enseñan las perradas de rigor, como traer el palito o las ojotas; pero nunca deja de ser "un perro".
Noto que mucha gente de la Capital Federal trata a sus perros como a una persona más.
Cerca de donde vivo, sobre la avenida y en esquina, hay un bar. Lindo el bar, un lugar cálido con mesas y sillas en la vereda, que obstaculizan el paso peatonal sin que a nadie le importe, pero lindo al fin. Todos los sábados por la mañana paso caminando por el bar y veo a una señora, de esas que se puede catalogar de "paqueta" sentada a una mesa en la vereda del bar, con su perro cómodamente sentado en la silla de al lado.

Como ya dije, todos los sábados paso por la esquina del bar, así que he mirado a la señora con cara de fastidio, incredulidad, asesina serial y muchas otras expresiones faciales, pero nada: al otro sábado vuelvo a verla sentada a la misma mesa con su mascota.
Hay días que se ve que el perro tiene sed. Deduzco eso de haber visto al pichicho tomando agua de esa que sirven en jarritas metálicas (la toma de la misma jarrita que quizás mañana se sirva cualquiera de uds).
Al principio me enojaba la señora paqueta con su perro. Me molestaba hasta la raza del perro; es de esos chiquitos, blancos, con pelo medio enrulado y un ladrido agudo que despiertan mis más tiernos instintos asesinos.
Tiene un moñito en la cabeza el perro, por lo que intuyo que debe ser hembra.
Si la señora me leyese probablemente me corregirís diciendo que es "nena". Pero no es "nena", básicamente porque es "perra".
Yo de chica recuerdo haber tenido varios perros de distintas razas, tamaños y colores. Claro nunca tuve de esos chiquitos de ladridos chillones, porque esos perros no iban con la familia (supongo).
En invierno, cuando nevaba, lo dejábamos dormir en el lavadero o el garage. Y no es que fuésemos unos desalmados, ni que odiásemos al pichicho; simplemente, era nuestro perro.

Algunos días cuando paso por la esquina, imagino la vida de la señora paqueta, toda la semana en un departamento de dos ambientes, esperando con ansias que llegue el sábado para ir a desayunar con su mejor amiga en el bar de la esquina. Cuando imagino eso me apiado de la señora y su perra (pero eso no pasa seguido).
Muchas otras veces pienso que seguramente la señora paqueta no tiene muchas relaciones sociales, pero no dejo de caer en la tentación de preguntarme cómo diablos va a relacionarse con otras personas sentada con su perra en el bar.
Pagaría lo que sea por ver la cara que hubiese puesto mi abuelo si alguna vez un nieto le hubiese caído con una perrita del tamaño de un llavero con un moñito rosa en la cabeza. Claro, la perrita no hubiese durado mucho viva con el Mendieta del viejo suelto por ahí. Porque el Mendieta si que era un perro eh, de esos que se mojan si se larga a llover antes de encontrar refugio bajo el alero y que aunque una, de puro cretina, lo llamase desde adentro de la casa, jamás de los jamases osaba entrar.
Era un buen perro el Mendieta, nos acompañaba hasta el almacén a hacer las compras y esperaba en la vereda para custodiarnos de vuelta a la casa, corría al lado de las bicicletas saltando de alegría y ladraba como loco si alguien se paraba frente a la casa. Era un fenómeno, pero un "perro" fenómenal, no una persona.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Que simpático el enano...

Si hay algo que me abochorna, es la forma que tenemos en nuestra sociedad de disimular cuán sectarios, discriminadores, xenófobos y muchas cosas más, somos.
Mi reflexión fue disparada por la reciente aparición en varios magazines del prime time de nuestra televisión vernácula, de los llamados "LOS GROSOS".

La aparición de este grupo bailantero (o algo así), desencadenó frases desopilantes por parte de conductores y conductoras de nuestra tv; frases tan poco felices que una termina haciendo zapping por vergüenza ajena. Una mezcla de burlas, chistes de dudoso gusto e intentos de salvar el momento.
Para ser sincera, me quedo con la acidez del negro Olmedo y su deporte de "tirar el enano", eso al menos tenía el altruismo de enfrentarnos con nuestras propias zonas oscuras en tono de humor.

Pero claro, lo de Los Grosos es apenas la punta del iceberg, porque la realidad es que reprobamos en tolerancia.
Si bien es cierto que la gran mayoría de nosotros fuimos educados en un marco de "tolerancia cero", no podemos escudarnos eternamente en eso. Es una mera excusa para no cambiar, ya que sin dudas es mucho más cómodo no tomar postura respecto a ciertos temas.
Tampoco vale el: "me hago el discriminado y saco un subsidio", putos peronistas hubo siempre y eso no justificaba que el estado los mantenga! y si cada partido va a formar su línea homosexual para pedir subsidio esto es una historia de nunca acabar.
La antidiscriminación es políticamente correcta y eso hace que muchos quieran sacar provecho de ello. La idea es no confundir gordura con hinchazón, que no es lo mismo pelear por un trato igualitario que exigir un trato preferencial.



Pero bueno, mejor retomo porque si me pierdo en esa línea tengo para dos días.

El asunto es que es tal la vergüenza que nos produce asumirnos como somos, que repetimos las tan consabidas:

"Tengo un amigo judío"
"Es un lindo negro"
"Soy rubia natural"
"Voy hasta el chino de la esquina que labura hasta re tarde"
"Cruzate a lo del bolita a buscar unos tomates"
"Que desperdicio, tan lindo y tan puto"
"Todas las gordas son lindas de cara"

Y todas las que a uds se les ocurra agregar al listado.
Así andamos entre la vergüenza y los prejuicios sin saber bien qué hacer...



No me abochorna decir que provengo de una familia que me educó con una carga de xenofobia y racismo admirables, dignas del siglo pasado. No me abochorna digo, porque en mi caso tratar de luchar contra esos mandatos fue una elección personal y un laburo arduo y tenaz.
He descubierto con los años las raíces de muchos prejuicios y los he desterrado - parece que las japonesas no la tienen horizontal-; he aprendido también que hay cosas que una creía parte del mito y son verdades grandes como rascacielos -los orientales huelen distinto y no es para menos con la gran cantidad de especies aromáticas que utilizan en sus comidas-.
Como en muchos otros temas, me desvela saber si somos capaces de hacer algo por las futuras generaciones.
¿Cómo educar para cambiar las cosas?
¿Estamos preparados para educar a nuestros hijos en un marco de mayor tolerancia?

Acaso estamos preparados para convivir pacíficamente y en paz sin distingos de raza, religión, condición física, opinión política, sexo, edad, nacionalidad, condición física, preferencia sexual,o de cualquier otra diferencia que podamos ostentar?

¿Somos capaces de juzgar al otro sólo por su calidad de persona?
Desde mi humilde lugar, creo que me cuesta, es un trabajo diario, un aprendizaje constante. Pero creo que vale la pena.