
Hace días a cuento de otro tema, quedé pensando y repensando el tema del botox.
Vale aclarar que estoy a milenios de saber algo de medicina. Soy de las que si me duele un hueso digo que debe haber mucha humedad y si me duele la cabeza prefiero los paños fríos a las pastillitas. Voy al médico casi cuando no me queda otra salida y aún en esos momentos me hago la chancha renga.
Pero, como el tiempo es tirano y a mi la fiaca me toma por asalto y casi sin previo aviso, quiero volver al temita del botox.
La Toxina Botulínica (TB) está principalmente indicada para la distonía, la espasticidad y las secuelas derivadas de la parálisis cerebral.
Mi primer conocimiento acerca de esto fue hace unos años, gracias a una niña que padece una afasia y que necesitaba tratarse con inyecciones de botox. La nena debía hacerse varias aplicaciones y cada una de ellas salía U$S 2.000.
Entre un grupo de personas tratamos por todos los medios de conseguir las inyecciones, hicimos gestiones en salud pública a distintos niveles, mandamos pedidos solidarios a radios, canales, y distintas instituciones. Todo fue en vano.
En este sentido, merece la pena recordar que en niños con diplejia espástica, su administración puede prolongar el periodo de tiempo en el que no aparecen complicaciones o deformidades musculares derivadas de la propia espasticidad. 
Finalmente y después de muchas peleas, demasiadas para la mamá de la nena, que en vez de canalizar sus energías en sostener a su hija debía peregrinar por cuanta oficina de burócrata con labios de churrasco, tetas hechas y pelo rubio a fuerza de periódicas visitas a la peluquería del barrio, la nena pudo darse las inyecciones de botox.
Desde ese momento cuando escucho de alguien que se aplicó botox, mi estómago se revuelve. No puedo evitar asociar el botox a la nena de mi historia y a su lucha diaria por tener una calidad de vida aceptable; no puedo olvidar la pelea de mucha gente por conseguir las inyecciones de botox y termino preguntándome cómo algo con aplicaciones médicas tan útiles termina haciéndose conocido por una derivación taaan pelotuda.
Ahora bien, por qué se usa botox para estética? La explicación a lo bestia sería: paraliza la zona en la que se aplica por un lapso de tiempo, literalmente: "la plancha". Allí radica el por qué de los resultados a largo plazo.
Por eso vemos peponas que tienen los pómulos como poceados y maltrechos, es que lo que por unos meses es el paradigma de la piel tersa, al tiempo se cae, se afloja, y no hay con qué arreglarlo salvo con más aplicaciones.
Dado que el efecto del botox no sólo es de corta duración, sino que deja a la persona en peores condiciones estéticas que antes de realizarse el tratamiento, podríamos decir que "el botox es un viaje de ida".
Ya se habla de "adictas al botox", la realidad es mucho más cruel y más simple. Las mujeres en su afán de frenar el paso del tiempo no miden las consecuancias de los tratamientos que se realizan y a los seis/ocho meses de hacerse las aplicaciones de botox se encuentran con que parecen la abuelita de Frankestein y la desesperación por evitar lo inevitable las lleva a repetir las aplicaciones y a entrar en un círculo del cual ya no podrán salir sin asumir plenamente que los años pasan y nos vamos poniendo viejos.
Saludo a todas esas aprendices de Highlander, a todas las niñas de 50, que en su desesperación por evitar lo inevitable nos divierten día a día con sus caras de plástico.
Sería bueno contarles que el mito de la "eterna juentud" es justamente eso: un mito.