En el interior por lo general: el perro es un perro. Se lo quiere, se lo mima, se lo alimenta, se le enseñan las perradas de rigor, como traer el palito o las ojotas; pero nunca deja de ser "un perro".
Noto que mucha gente de la Capital Federal trata a sus perros como a una persona más.
Cerca de donde vivo, sobre la avenida y en esquina, hay un bar. Lindo el bar, un lugar cálido con mesas y sillas en la vereda, que obstaculizan el paso peatonal sin que a nadie le importe, pero lindo al fin. Todos los sábados por la mañana paso caminando por el bar y veo a una señora, de esas que se puede catalogar de "paqueta" sentada a una mesa en la vereda del bar, con su perro cómodamente sentado en la silla de al lado.

Como ya dije, todos los sábados paso por la esquina del bar, así que he mirado a la señora con cara de fastidio, incredulidad, asesina serial y muchas otras expresiones faciales, pero nada: al otro sábado vuelvo a verla sentada a la misma mesa con su mascota.
Hay días que se ve que el perro tiene sed. Deduzco eso de haber visto al pichicho tomando agua de esa que sirven en jarritas metálicas (la toma de la misma jarrita que quizás mañana se sirva cualquiera de uds).
Al principio me enojaba la señora paqueta con su perro. Me molestaba hasta la raza del perro; es de esos chiquitos, blancos, con pelo medio enrulado y un ladrido agudo que despiertan mis más tiernos instintos asesinos.
Tiene un moñito en la cabeza el perro, por lo que intuyo que debe ser hembra.
Si la señora me leyese probablemente me corregirís diciendo que es "nena". Pero no es "nena", básicamente porque es "perra".
Yo de chica recuerdo haber tenido varios perros de distintas razas, tamaños y colores. Claro nunca tuve de esos chiquitos de ladridos chillones, porque esos perros no iban con la familia (supongo).
En invierno, cuando nevaba, lo dejábamos dormir en el lavadero o el garage. Y no es que fuésemos unos desalmados, ni que odiásemos al pichicho; simplemente, era nuestro perro.
Algunos días cuando paso por la esquina, imagino la vida de la señora paqueta, toda la semana en un departamento de dos ambientes, esperando con ansias que llegue el sábado para ir a desayunar con su mejor amiga en el bar de la esquina. Cuando imagino eso me apiado de la señora y su perra (pero eso no pasa seguido).
Muchas otras veces pienso que seguramente la señora paqueta no tiene muchas relaciones sociales, pero no dejo de caer en la tentación de preguntarme cómo diablos va a relacionarse con otras personas sentada con su perra en el bar.
Pagaría lo que sea por ver la cara que hubiese puesto mi abuelo si alguna vez un nieto le hubiese caído con una perrita del tamaño de un llavero con un moñito rosa en la cabeza. Claro, la perrita no hubiese durado mucho viva con el Mendieta del viejo suelto por ahí. Porque el Mendieta si que era un perro eh, de esos que se mojan si se larga a llover antes de encontrar refugio bajo el alero y que aunque una, de puro cretina, lo llamase desde adentro de la casa, jamás de los jamases osaba entrar.
Era un buen perro el Mendieta, nos acompañaba hasta el almacén a hacer las compras y esperaba en la vereda para custodiarnos de vuelta a la casa, corría al lado de las bicicletas saltando de alegría y ladraba como loco si alguien se paraba frente a la casa. Era un fenómeno, pero un "perro" fenómenal, no una persona.